Millett o los testículos en un cascanueces

En mitad del bochornoso espectáculo vivido ayer, tanto en Catalunya como en Madrid, lo cierto es que podemos perder perspectiva sobre otras noticias que son cruciales. Al menos para mí. Una de estas noticias es la muerte de Kate Millett, a los 82 años de edad, en París. Y es crucial porque gracias a las aportaciones de mujeres como ella y aunque aun nos quede mucho camino por recorrer, la igualdad entre hombres y mujeres está más cerca. Su fallecimiento y el homenaje que merece debe ser motivo para dar un pasito más al frente y hacer retroceder a un patriarcado que ojalá tenga sus horas contadas.

Cuando el libro Política Sexual (1970) todavía no era libro, más bien disertación, uno de los asesores de Millett llegó a decir de él que era como “sentarse con los testículos en un cascanueces”. Y vaya si lo era, y lo es, especialmente para esos hombres que conscientemente fomentan una cultura machista ante la cual una mujer puede llegar a sentirse indefensa. A fin de cuentas y cómo Millett escribió hace casi medio siglo, son los hombres quienes controlan los mecanismos básicos de la sociedad. ¿O acaso no recuerdan la fotografía de la apertura del último año judicial en España?

No voy a repasar la vida de esta luchadora porque hay extensa bibliografía al respecto, pero es de justicia esbozar algunos apuntes. Cuando en 1970 se publicó su obra Política Sexual, la brecha salarial ya era más que una realidad: por cada dólar que ganaban los hombres, las mujeres apenas conseguían embolsarse cincuenta centavos y tan sólo representaban el 9% de las profesiones.

En esa coyuntura, Millett tuvo claro que la relación entre hombre y mujer se desarrollaba como una “dominación y subordinación”, de manera que se había producido una suerte de “colonización interior”. Detrás de todo eso, o debajo, como uno de sus pilares, una opresión que, aun pareciendo silenciosa, a la postre se ha convertido en la ideología más omnipresente en nuestra cultura: el machismo.

Ahora hemos acuñado el término “micromachismo” para evidenciar que, incluso quienes están convencidos de la lucha feminista, están tan atravesados por el machismo que inconscientemente hacen gala de él en momentos puntuales. Millett se anticipó a esa circunstancia, convencida de que “el dominio sexual es la ideología más penetrante de nuestra cultura y proporciona su concepto más fundamental de poder”.

Quizás nadie lo recuerde ya, aunque apenas sucedió hace tres años, pero en otoño de 2014, la prestigiosa revista Time elaboró una lista de palabras que, su juicio, deberían ser vetadas por haberse convertido en ruido, por emplearse con tal ligereza que son más pegadizas que efectivas. Entre esas palabras se encontraba “feminismo”. Lo hacía la misma publicación que, cuando Política Sexual iba por su cuarta edición y se habían vendido ya 15.000 copias, coronó a Millett como “el Mao Tse-tung de la Liberación de la Mujer“.

Seguramente, el objetivo de vetar “feminismo” era llamar la atención sobre cómo se utiliza el concepto, bien para hacer bandera de él, bien para desprestigiarlo, sin saber realmente qué significa. Este fenómeno adquiere especial relevancia –y diría que gravedad- cuando quien lo hace es una celebridad. Escuchar a alguna de ellas, como de hecho hemos escuchado recientemente, decir que “no soy ni feminista ni machista”, como si ambos términos fueran equiparables, es descorazonador.

Por eso es tan importante rendir el merecido homenaje a Millett y, la mejor manera de hacerlo, es recuperar su pensamiento, su lucha, admitir de una vez por todas que la acción política y la expresión cultural se interpelan. Ella, a diferencia de otras feministas de referencia, como Betty Friedan (La mística femenina, 1963), que cargó contra las lesbianas, las acogió tanto en su seno que se declaró bisexual primero, lesbiana después.

Para Millett, el sexismo era como una lucha de clases en sí misma y, como tal, era absolutamente transversal a otras como la económica o la racial, y en tiempos tan complicados como la década de los 70 en EEUU, consiguió hermanar a mujeres pobres con ricas, blancas con negras… Con todos los matices que podamos incorporar a sus teorías, es innegable que la ponzoña del patriarcado se ha filtrado a todas las capas sociales, a todas las razas, a todas las orientaciones sexuales…

¿Saben cuál es la buena noticia? Que el antídoto del feminismo también se ha filtrado y lo ha hecho como una bondad virulenta, contagiándonos a los hombres, porque mientras nosotros no nos incorporemos activamente a la lucha por la igualdad, esta revolución estará incompleta. Tal es la fuerza de la dominación sexual que, junt@s, estoy convencido que algún día podremos vencer.

David Bollero, Público.es

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